¿ES EL YOGA UNA ACTIVIDAD MÁS?

La autenticidad de la enseñanza y el asana como herramienta espiritual

Hace poco una alumna de nuestras clases regulares nos comentó: «¿Habéis pensado en hacer más actividades? En el centro de al lado han puesto Crossfit, clases de pilates y también de yoga, y parece que tienen toda la tarde con trajín de gente». Esta inocente pregunta nos hizo replantearnos el status quo en el que nos movemos. Nos invitó a reflexionar profundamente sobre nuestro yoga, su autenticidad y su capacidad de adaptación a una sociedad marcada por la inmediatez.

¿Enseñanza o simple experiencia puntual?

Ante la sugerencia de Julia, el primer pensamiento que nos brotó es que, como profesores de yoga, no podemos dejar que esta disciplina se convierta en una actividad más. El yoga debería ser, por encima de todo, una enseñanza, aunque esta se desarrolle dentro de un marco de clases regulares.

Este detalle, que puede parecer trivial o puntilloso, es crucial. En la actualidad, es fácil caer en el peligro de mecanizar nuestras sesiones, como si de cualquier otra disciplina física se tratase. Corremos el riesgo de diseñar las clases pensando más en lo que le apetece al alumno o en lo que le va a agradar de forma inmediata, en lugar de enfocarnos en lo que realmente le va a hacer crecer.

Si no hay enseñanza y solo ofrecemos una experiencia puntual, el yoga no cala; se queda en la superficie. Posicionarnos en la actitud correcta implica enfocar nuestra energía para que los alumnos no vengan solo a practicar yoga, sino a aprender yoga.

El asana como campo de entrenamiento espiritual

Un ejemplo perfecto de esta diferencia entre "actividad" y "enseñanza" lo encontramos en la forma en que abordamos la práctica física. Son muchos los motivos por los que cada día más gente practica yoga; la mayoría responde a la búsqueda de un bienestar físico, emocional o mental que mejore su calidad de vida. Pero, ¿es eso todo lo que nos tiene que ofrecer el asana?

Si nos dedicamos a realizar posturas fuera del contexto del Yoga con mayúsculas —es decir, desvinculadas del Pranayama, la Meditación y la Filosofía—, entonces la respuesta es sí: un alivio sintomático es todo lo que obtendremos. En cambio, si queremos realizar el Asana con toda la profundidad que implica, debemos regresar a su origen. Remontándonos a los tratados tántricos como el Hatha Yoga Pradipika, vemos que la mejora de la salud nunca ha sido un fin en sí mismo, sino un medio para conectar con lo Superior.

No obstante, hoy en día debemos adaptar este enfoque a la sociedad en la que vivimos, ya que la mayoría de los practicantes no son renunciantes que viven aislados en cuevas. Es aquí donde el Yoga Integral da una respuesta magistral, facilitando la aplicación de estas herramientas en las situaciones cotidianas sin olvidar su fin último.

¿De qué modo lo hace? Convirtiendo la práctica en un auténtico campo de entrenamiento personal. Durante la sesión podemos preguntarnos: ¿qué se mueve en nuestro interior cuando realizamos un asana de fuerza?, ¿queremos deshacer pronto y salir huyendo, o somos capaces de mantenernos tranquilos? Esta auto-observación continua en la esterilla nos da la oportunidad de trascender patrones y actitudes que llevaban mucho tiempo arraigados en nosotros.

Este enfoque devuelve a la práctica su carácter espiritual original. Se trata, en verdad, de un camino para valientes: para personas que no se conforman con una pequeña mejora en su calidad de vida, sino que quieren llegar al corazón de las cosas y realizar en lo cotidiano Lo Más Elevado que llevamos dentro. Es el reflejo vivo de las palabras de Sri Aurobindo: «Toda la vida es Yoga».

La presión de las modas

Mantener esta profundidad no es sencillo cuando las modas nos abruman. En su momento fue el fitness, la estética o el ámbito puramente terapéutico; ahora es el trabajo de fuerza o la neurociencia lo que impregna las tendencias actuales, y en unos años vendrá otra corriente distinta.

Esto no significa que estos nuevos aspectos no sean beneficiosos o que no aporten sinergias interesantes a nuestras clases. El peligro real radica en querer "encajar" a la fuerza en estas tendencias a costa de desvirtuar nuestro método y el objetivo yóguico. Bajo el influjo de estas modas, no es raro ver cómo excelentes profesionales del yoga terminan convertidos en entrenadores personales, coaches, rehabilitadores o vendedores de productos de bienestar. En ese proceso, la autenticidad yóguica se va diluyendo sutilmente.

En una sociedad donde la forma prevalece sobre el contenido, debemos ser honestos y recordar el valioso tesoro que transmitimos. Debemos evaluar si con nuestras clases hemos logrado acercar a los alumnos un poco más hacia su corazón y hacia una reflexión profunda sobre su vida, o si simplemente les hemos aliviado el dolor lumbar para que luzcan un cuerpo más bonito en el verano. Valorar nuestro yoga empieza por no perdernos en los numerosos focos que nos deslumbran hoy en día, manteniendo firme nuestra identidad.

El antídoto: La sadhana

Si algo diferencia al yoga de cualquier otra actividad comercial o deportiva, es que las personas que lo comparten viven su propia sadhana (práctica personal espiritual). Sin ella, es inevitable que el yoga termine siendo una actividad más, por muy grandes profesionales que seamos al impartirlo.

Cuando no experimentamos el yoga en nosotros mismos ni vivimos la evolución personal que supone, pasamos a compartir desde la superficie y lo puramente teórico. Nos convertimos, entonces, en una especie de Inteligencia Artificial: acumulamos muchos recursos técnicos y frases bellas, pero carecemos de coherencia, de filtro interior y de verdadera espiritualidad.

Si nuestra sadhana no llena y orienta nuestra vida, nuestra enseñanza carecerá de alma. Si nuestra práctica no nos lleva a profundizar en nosotros mismos, nuestro yoga seguirá buscando novedades en cada moda de temporada que ofrezca beneficios en oferta por tiempo limitado. Vivir la sadhana no nos impide seguir renovándonos, estudiar o impartir otras disciplinas con amor y profesionalidad; lo que nos da es un centro. Nos permite saber exactamente en qué lugar estamos en cada momento, qué podemos aportar en cada espacio y desde dónde lo estamos haciendo.

Un compromiso de inicios y propósitos

Por todo ello, en esta época de inicios y propósitos, como profesores de yoga, elegimos guiarnos por las siguientes determinaciones:
Decidimos no hacer del yoga una actividad más, sino un campo de enseñanza donde sembrar posibilidades reales de evolución para los alumnos.

  • Decidimos acercar al corazón a cada persona que se sienta en la esterilla, situando la transformación interior por encima de los objetivos físicos o las experiencias meramente expansivas.
  • Decidimos hablar de espiritualidad, aunque algunas personas se inquieten o se incomoden, pues sabemos que es la puerta donde muchas otras encontrarán un espacio infinito de paz.
  • Decidimos ser honestos con nuestra práctica y nuestra sadhana, para encarnar en nosotros mismos la transformación y la Luz que deseamos compartir en nuestras clases.
  • Decidimos, en definitiva, ser profesores de yoga como una forma legítima y consciente de vivir en el mundo y para el mundo.